ata-
raxia

Fotografía › RICARDO RAMOS
Styling › GERARDO ISLAS
Texto › ALONSO ESCUDERO
Modelos › ANDREW, ANGELINA ROSSO, JOSÉ PERDOMO y JULIA ARDÓN
Maquillaje › STEPHANIE SZNICER
Peinado › ALEJANDRO IÑIGUEZ
Manicure › ERÉNDIRA RIZO

La calma interior se vuelve visible cuando el ruido se apaga. Un gesto dice más que mil palabras y un rostro sereno revela una forma hermosa de habitar el mundo. Es momento de vivir sin prisa, con claridad y equilibrio, donde la tranquilidad no solo se siente, también se mira.

Proviene del griego clásico. Su significado literal —ausencia de turbación— parece hoy casi utópico, como un susurro sereno en medio de un mundo saturado de ruido, urgencia y opinión. Sin embargo, más que una huida del caos, la ataraxia propone una forma lúcida y radical de habitarlo.

Para los filósofos helenísticos, la ataraxia no era un lujo espiritual ni una pose intelectual: en realidad, era un objetivo vital. La entendían como la calma profunda que surge cuando se disipan los miedos fundamentales —al dolor, al futuro, a la pérdida—. La vinculaban con la aceptación racional del orden del mundo, es decir, con la distinción de aquello que depende de nosotros de aquello que no. De lo que podemos cambiar y lo que está fuera del alcance de nuestras manos. Era la renuncia a la ansiedad que provoca querer tener siempre la razón.

La ataraxia no es indiferencia ni anestesia del alma. No es frialdad ni desapego cínico. Es, más bien, una forma de equilibrio: un estado en el que las pasiones dejan de gobernarnos y se convierten en visitantes que entran y salen a nuestra conveniencia.

Vivimos en una época que confunde intensidad con plenitud. Se nos enseña a sentirlo todo, todo el tiempo, y a expresarlo de inmediato. La indignación es cotidiana, la angustia se normaliza, la prisa se celebra. En este contexto, la ataraxia puede parecer sospechosa, incluso subversiva. ¿Cómo no reaccionar? ¿Cómo no tomar partido? ¿Cómo no vivir permanentemente alterados por un flujo incesante de estímulos externos? Precisamente ahí radica su potencia: la ataraxia definitivamente no es pasividad, es soberanía interior.

Quien está en ataraxia no es alguien al que nada le importa, sino alguien que ha aprendido a elegir con cuidado qué merece perturbarlo. Es muy selectivo para elegir dónde deposita su atención. Ha comprendido que no toda batalla exige su presencia, que no toda opinión ajena requiere respuesta, que no todo deseo debe ser satisfecho. En un mundo que nos empuja a la hiperreactividad, la ataraxia es un acto de resistencia silenciosa.

EPSILON
ADOLFO DOMINGUEZ

Estudios actuales confirman lo que los antiguos intuían: la serenidad no proviene de controlar el mundo, sino de comprender nuestros pensamientos y emociones sin identificarnos ciegamente con ellos. La calma no se impone; se cultiva. Y se cultiva, paradójicamente, aceptando la impermanencia.

Hay algo profundamente poético en la ataraxia porque no promete felicidad constante, sino paz suficiente. No elimina el dolor, pero lo vuelve habitable. No borra la tristeza, pero la despoja de su carácter absoluto. En ese sentido, la ataraxia no es un estado final, sino una práctica cotidiana: respirar antes de responder, observar antes de juzgar, soltar antes de insistir.

Imaginemos la ataraxia como un lago. No es que no haya viento ni tormentas, sino que su profundidad es tal que la superficie agitada no altera el fondo. Allí, habita una claridad callada. Quien vive desde ese lugar puede amar sin poseer, desear sin desesperar, actuar sin perderse a sí mismo en el resultado.

Es importante entender que no se trata de retirarse del mundo, sino de estar en él con mayor lucidez. La ataraxia no pide silencio exterior, sino silencio interior suficiente para distinguir lo esencial de lo accesorio. En un tiempo que nos fragmenta, nos hace enteros.

Buscar la ataraxia hoy no es un gesto nostálgico, sino una necesidad imperativa de la modernidad. Es recordar que la paz no llegará cuando todo esté resuelto, sino cuando aprendamos a no vivir en conflicto permanente con lo irresoluble. Es comprender que la verdadera libertad no consiste en hacer todo lo que queremos, cuando queremos, sino en no ser esclavos de lo que sentimos.

Al final, la ataraxia no promete una vida perfecta, sino una vida más habitable. Y eso, en sí mismo, ya es una forma profunda y honesta de belleza.

La ataraxia dialoga con conceptos como la regulación emocional, la atención plena y la resiliencia.
EPSILON
SIMORRA
Batidora de pedestal SMEG

Fotografía › RICARDO RAMOS
Styling › GERARDO ISLAS
Texto › ALONSO ESCUDERO
Modelos › ANDREW, ANGELINA ROSSO, JOSÉ PERDOMO y JULIA ARDÓN
Maquillaje › STEPHANIE SZNICER
Peinado › ALEJANDRO IÑIGUEZ
Manicure › ERÉNDIRA RIZO

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