Por › ALONSO ESCUDERO
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EL PALACIO DE HIERRO - ¿Somos los primeros en publicar fotos de tu casa?
ANA - ¡Así es! Bueno, algunas fotos ya aparecen en el sitio web de mi esposo (scordova.mx). Es arquitecto. Él hizo el proyecto, pero aún no han sido publicadas en otro lugar.
¿Cuántos años llevan ya viviendo aquí?
¡Nos acabamos de mudar! Pero fueron casi dos años de trabajos de remodelación.
¿Cómo fue la elección de la casa?
Vivíamos en un suburbio de la ciudad. Estábamos en un punto muy alejado. Nuestra prioridad era encontrar algo más céntrico y caminable. Queríamos tener vida de barrio y olvidarnos del coche lo más posible. Vimos todo tipo de propiedades. Esta casa era de una chica que vivía sola. La había heredado y, en realidad, le quedaba muy grande. Después nos enteramos de que tenía varias ofertas de compra, pero no se decidía. Sentía mucho apego por la casa. La agente de bienes raíces nos decía: “Pueden ver la casa, pero no es seguro que quiera vendérselas”. Cuando la vinimos a ver, yo estaba embarazadísima. Siento que me vio y dijo: “¡Aquí podría vivir una familia nueva!”. Le gustó nuestra energía. De hecho, la queremos invitar a que vea cómo quedó su casa.
No va a poder creer lo que hicieron con ella. ¿Y fue diseñada justo a sus necesidades?
Cada área cumple una función. Siempre nos quedó claro, por ejemplo, que debía haber un espacio muy especial para la biblioteca. Pensando en que los dos trabajamos desde casa, hay dos estudios. Estamos disfrutando mucho el proceso de decoración y de edición de objetos.
Queda claro que un espacio como este no se improvisa. Cada habitación cuenta una historia. Es notorio que cada objeto ha sido cuidadosamente seleccionado.
Nos tuvimos que deshacer de mucho. Eso fue muy sanador, porque empezamos el año desechando varias cosas. A los dos nos movió muchas emociones.
Entonces sí sienten que están empezando un nuevo capítulo en la historia familiar.
¡Absolutamente! Es un antes y un después. Una nueva era. Siento que esta casa ya refleja la personalidad de los dos de una manera más equilibrada. Aunque te confieso que no hemos terminado: aún estamos comprando piezas que necesitamos.


Qué divertido es, ¿no lo crees?
¡Divertidísimo! Por ahora estamos concentrados en crear una estética mid-century, pero quizá se vaya, poco a poco, hacia lo posmoderno (risas). Aún tenemos que ir digiriendo cada habitación, hacer cambios y ajustes.
Para tu hijo, crecer en una casa así debe darle una visión y sensibilidad muy especiales. De alguna manera ya están marcando un poco su destino.
Él es muy fijado, así que ¡seguro que sí! Su papá es arquitecto; su mamá, fotógrafa. Todo el tiempo le estamos enseñando cosas nuevas.
¿Qué tanto procuraste la luz en tu casa?
Esa es labor más del arquitecto. Yo, obviamente, le decía: “Quiero muchísima luz”, “ventanas de techo a piso”. Pero él me explicaba que eso haría que la casa fuera demasiado fría, por ejemplo. Yo le mostré referencias de cosas que me inspiraban. Al final, los dos coincidimos en muchísimas decisiones. Ambos buscábamos muchas entradas de luz y terrazas. Mucho del trabajo de Sebastián es eso: terrazas, luz natural y tragaluces.
Hablemos de fotografía. ¿Cómo es tu aproximación al retrato?
En un principio, el retrato me parecía muy aburrido. En una ocasión, una revista me encargó 16 retratos para una edición especial, y los hice. A los pocos días, la editora me dijo que no habían gustado, que no cumplían con lo que me habían pedido. Obviamente me sentí pésimo. Ella tenía razón. No era una serie consistente: cada foto era distinta. Les hacía falta un punto de vista: ¡el mío! A partir de ahí empecé a preguntarme: “¿Cómo puedo hacer un retrato interesante?”. Me puse a revisar libros de arte renacentista, tomé cursos y me documenté lo más que pude. Fue entonces cuando descubrí que había un mundo inmenso de posibilidades. Entendí que los retratos pueden ser imágenes abstractas, aun cuando son el registro de un instante en la vida de una persona. En ese momento supe que si quería dedicarme a esto.

Hay muchas personas que le tienen miedo a la cámara, pues saben que el lente captura nuestra verdadera esencia.
Yo siempre me sentía incómoda cuando tenía que tomarme una foto. A la vez, tenía mucha empatía por la gente que se pone nerviosa frente a la cámara. Aunque normalmente soy callada, en las sesiones tomo el control de la situación. Mi estrategia es hacer muchas preguntas al personaje fotografiado. Es muy importante para mí generar una conexión. Al final, un buen retrato es resultado de la colaboración. La verdad es que he hecho grandes amistades a través de las fotos.
¿Has mejorado entonces en el arte de la conversación?
Muchísimo. Es una habilidad en la que he trabajado bastante. Además, obviamente, también en las propiedades de la luz y en toda la parte técnica. El secreto está en interesarte genuinamente por las personas. La sesión se vuelve, muchas veces, una especie de terapia. Debo ser extremadamente sensible y cuidadosa, especialmente si son personas a las que admiras. Eso se vuelve muy inspirador para mí. Hacer retrato es algo sumamente agotador: hay que entregar mucha energía.
¿Y cómo la recuperas?
Durmiendo (risas) y haciendo ejercicio. Tengo claro que debo recargarme antes de fotografiar a otra persona.
Todo esto que mencionas es evidente en tu obra. Las tuyas son fotos serenas.
Especialmente en mi obra personal. Mi trabajo ahora se divide en el editorial, que me divierte muchísimo, y en lo que hago para comunicar mis intereses y preocupaciones. Con ello estoy tratando de contar historias. Cada imagen es como un ensayo hecho a base de imágenes.
¡Qué gran lección aquel “fracaso” de los 16 retratos! ¿Qué ves ahora en esas fotos? ¿Qué les criticarías?
Principalmente la luz. Bueno, también faltaba consistencia en el relato visual. No había nada que las uniera. Me dediqué a documentar lo que tenía enfrente de mí y nada más.
Tú ibas a levantar la escena y no a construirla.
Exacto. Entendí que no podía limitarme a hacer solo eso. Empecé a tomar decisiones particulares y a probar diferentes tipos de luz para crear mi propia iluminación. Aunque fue muy duro, marcó para siempre mi carrera.


Ahora, ¿cómo es tu relación con la luz? ¿Qué tipo de conversaciones tienes con ella?
Lo que cambió fue que, en lugar de buscar luz, buscaba sombra. Elegía lugares muy oscuros para hacer las fotos. Me dedicaba a iluminar muy sutilmente, como un cuadro renacentista. A la gente le empezaron a gustar mucho mis fotos. Me decían: “Quiero que me hagas uno de esos retratos oscuros, que casi no me vea” (risas).
Son imágenes con drama.
Con ellas entendí que la gente quiere verse en un retrato, pero no completamente. Les interesa mostrarse, pero poco. No quieren sentirse vulnerables. Ahora ya sé perfectamente cómo resolverlo.
Entonces ya tienes claros cuáles son tus artilugios.
Sí. Eso me emociona muchísimo.
¿A qué personaje célebre te gustaría retratar?
Quisiera hacer algo como lo que publicó Christopher Anderson (@christopherandersonphoto) recientemente en la edición estadounidense de Vanity Fair (la polémica serie de retratos de algunos miembros del gabinete de Trump en la Casa Blanca). Me interesa fotografiar a personajes complejos, esos que intimidan.
¿Cuál es tu sentimiento ante la inteligencia artificial?
Recientemente presenté mi primer libro (ATC 1963, publicado por Editorial RM) en Paris Photo. Ahí había varios stands de fotografía realizada a través de inteligencia artificial. Algunas imágenes me impresionaron demasiado; me dio miedo. Yo no las llamaría fotografías, pero me sorprendió que, aunque estuvieran generadas por IA, esas imágenes hubieran nacido de la mente de una persona. Mi conclusión es que tenemos que seguir aprendiendo, estar al día, abiertos a lo nuevo y, sobre todo, fluir.
La palabra clave de El Palacio es, obviamente, “totalmente”. ¿Tú eres totalmente qué?
Yo soy totalmente mujer. Serlo tiene muchísimos retos, como ser mamá. También podría ser totalmente mamá. La maternidad me está dando muchas lecciones, algunas que jamás imaginé.
¿Qué, de todo lo que ayuda a decorar tu casa, lo compraste en El Palacio?
¡Todas mis velas! Son Diptyque. ¡Me encantan! Algunos libros y, bueno, también estamos cotizando un tapete muy especial. Te confieso que nuestro lugar favorito desde que nació mi hijo es la terraza de El Palacio Santa Fe. Comemos muy seguido ahí. Después aprovechamos para hacer unas compritas. ¡Día perfecto! Ir a El Palacio te resuelve todo.(@anahop)
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