
La primavera no llega de golpe; más bien, se manifiesta suavemente de múltiples maneras. Lo maravilloso de esta transformación es justamente eso: no ocurre de forma súbita, sino que se despliega con sutileza, casi de manera imperceptible, instante tras instante, hasta que finalmente todo nuestro entorno se ve colmado de color, luz y optimismo.
Este extraordinario fenómeno siempre nos ha maravillado, incluso al punto de obsesionarnos, pues resulta difícil imaginar un mejor ejemplo de la importancia que tienen todos y cada uno de nuestros días. Nos recuerda que no hay uno solo en el que no ocurra algo especial o significativo. Tal vez no seamos capaces de nombrar o reconocer esta evolución cotidiana a simple vista, pero la renovación se lleva a cabo de forma discreta y silenciosa.
Quizá la gran lección que nos deja el cambio de estación radique en comprender que no deberíamos vivir cada día como si fuera el último —pues eso solo genera ansiedad y desesperación—, sino más bien como si fuera el primero de nuestras vidas. Así entenderíamos que todo está aún por suceder, que las posibilidades son infinitas y que observar el mundo con curiosidad, asombro y genuina apreciación es una magnífica manera de transitar por él.





















